LA PARTIDA
UNA PARTIDITA
Mi perro empezó a ladrar a la ventana sobre las nueve y yo ya sabía lo que significaba eso. Me levanté de la butaca y apagué la televisión, cogí un par de latas, me puse la bata y los zapatos y salí para encontrarme con Juan. Juan es un buen hombre, aunque ambos empezamos con mal pie. El hijo de puta empezó a gritarme desde la calle que bajara el volumen… ¿Acaso la gente no entiende que estoy sordo? Empezamos los dos a discutir y apostamos que el que ganara a una partida de ajedrez era el que tendría razón, es decir, si ganaba yo, dejaba la tele como estaba y si ganaba él, aflojaba el volumen. Con una tontería como esa, disfrutamos como niños porque los dos descubrimos que es algo que hacíamos desde niños. Mi perro, el pobre, es el que me avisa de cuando llega mi amigo Juan porque yo, como he dicho, no me entero de na’. Y así es como hemos empezado la tradición del ajedrez: a las nueve una partidita en la ventana con una lata de Coca Cola y pa’ casa.
Carmen Lizano
Mi perro empezó a ladrar a la ventana sobre las nueve y yo ya sabía lo que significaba eso. Me levanté de la butaca y apagué la televisión, cogí un par de latas, me puse la bata y los zapatos y salí para encontrarme con Juan. Juan es un buen hombre, aunque ambos empezamos con mal pie. El hijo de puta empezó a gritarme desde la calle que bajara el volumen… ¿Acaso la gente no entiende que estoy sordo? Empezamos los dos a discutir y apostamos que el que ganara a una partida de ajedrez era el que tendría razón, es decir, si ganaba yo, dejaba la tele como estaba y si ganaba él, aflojaba el volumen. Con una tontería como esa, disfrutamos como niños porque los dos descubrimos que es algo que hacíamos desde niños. Mi perro, el pobre, es el que me avisa de cuando llega mi amigo Juan porque yo, como he dicho, no me entero de na’. Y así es como hemos empezado la tradición del ajedrez: a las nueve una partidita en la ventana con una lata de Coca Cola y pa’ casa.
Carmen Lizano
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